miércoles, 20 de junio de 2012




Los tipos entraron a la casa. Nadie los había invitado. Tiraron la puerta de chapa abajo.
De fondo se escuchaba un helicóptero. Patearon sillas, pisaron juguetes.

— ¿Qué tiene ahí señora? –dijo uno, que miró la cuna en medio del comedor.
—Es mi bebé. Por favor no lo toque –contestó la madre.
—No le creo –fue la respuesta.

Y no le creyó. Con el arma larga corrió la sábana y dio vuelta el cuerpo. Si, era su bebé. Pero no era a quien venían a buscar. Buscaban a su hermano de 16 años y al que le seguía de 14.

— ¿Ustedes son policías? Porque se tienen que identificar –les dijo la madre a los hombres con pasamontañas.

Ninguno contestó. No hubo tiempo para la presentación, del comedor se fueron directamente al cuarto. Tampoco había mucho para recorrer: dos ambientes pequeños bajo un techo de chapa, entre paredes de ladrillo y madera. En la habitación, junto a sus cinco hermanos, estaba acostado César González, uno de los que buscaban. Estaba recién venido del hospital, con muletas y cuatro balas en las piernas.

—Por favor no lo tiren al suelo. No puede caminar sin muletas –les pidió Nazarena.

Al suelo lo tiraron nomás.

Ese día César cayó preso y su hermano Leonardo también. Por la edad de cada uno, terminaron en distintos institutos de menores. En ese momento, para algunos, empezó una pesadilla y para otros se hizo justicia.

Para César, ese día fue el principio de algo. El aún no sabía de qué.


**

Abandono el hábito innecesario de todos los días
para masturbarme con la fragancia a revista
que tienen las estatuas de mujeres que viven dentro de mi pared.

—Nada por aquí. Nada por allá.

El mago Patricio “Merok” Montesano hacía desaparecer una moneda. Esa moneda no estaba en una mano, no estaba en la otra. Aparecía detrás de la oreja de uno de sus alumnos del curso de magia. Alto y flaco, el mago -que llegó a participar del mundial de magia en China, a ser campeón argentino y a ser el "nuevo talento" de Sudamérica - tenía una forma de ser interesante: era amante de la lectura, contador de chistes y de todo lo que se le viniera a la mente. También era cariñoso. Le gustaba abrazar.

El aturdimiento se toma una siesta, mientras cuatro botas se fuman un cigarro
mirando el encierro desde abajo de una baldosa.
Una escoba escapada del geriátrico recolecta los cuerpos de las cucarachas caídas en el combate de ayer frente al veneno y se corre el rumor de una posible venganza de las ratas anfibias adictas al agua podrida.

—Chicos, ¿ustedes conocen al Che?

El mago, entre truco y truco, les hablaba de Nietzsche, Marx, Foucault, Walsh y el Che. Casi ninguno de sus alumnos conocía al Che Guevara. Se lo confundían con Bob Marley. Al principio, cuando llegaba a la institución, pocos bajaban a su clase. Hasta que él decidió subir al pabellón. Si bien le ponía el cuerpo a la situación, había algo que no podía hacer desaparecer: el encierro. Sus alumnos no eran libres, eran chicos del Instituto de Menores General Manuel Belgrano, ubicado en el barrio de Once.
Uno de ellos era César González, aquel joven flaco, moreno y con tatuajes detenido esa fría noche de mayo de 2005 por robo y secuestro extorsivo. Ya hacía algunos meses que estaba preso. Había caído por hacer el llamado para pedir el rescate de un empresario brasilero que tenían secuestrado en el barrio Carlos Gardel, donde nació y vivió toda su vida. Días atrás había salido del hospital por seis tiros que le había pegado la policía en todo el cuerpo tras una persecución por un robo de un auto en Ramos Mejía. Cuatro de ellos habían sido en las piernas, por eso le decían “el rengo”. Pero esa no era su única particularidad, era conocido por su fama de “rocho”: un delincuente piola.

La voz afónica de un pájaro insensible me recuerda al sabor que tiene caminar con las manos sobre un precipicio con los ojos vendados y los pies atados. Aunque podría sonreir si la humedad de las ventanas emanara cianuro exterminador de dispositivos controladores
o si una ráfaga de cumbia colombiana sepultara para siempre el vicio de quemar con agua hirviendo la espalda de la ignorancia.

—Andate con tus fantasías revolucionarias a otro lado. Me quedan cuatro años acá dentro.

César lo echo al mago Patricio. Esa tarde estaba sancionado en una celda de castigo. Cinco, seis compañeros le habían pegado. Había sido una golpiza fuerte. Pero Patricio no se rindió, insistió. A lo largo de varias visitas, le fue pasando libros entre los barrotes. Uno era Operación Masacre de Rodolfo Walsh, le llamó la atención y lo agarró. Después siguió agarrando varios más. Empezó a escribir y también a recibir moretones, fracturas y más castigos. Los guardias se ensañaban con él ya no por “rocho” sino por culto: leer y escribir, en el Belgrano, era pecado.
Para ese entonces –cuando César comenzaba a salir de su encierro interno- Merok ya no era más Merok. Después de un año y medio, lo habían echado del instituto por abrazar a los chicos y contenerlos. Para ese entonces su relación con César ya era otra.

—No se si era mi hermano, mi padre. Mi amigo. El me dejaba ser la persona que yo quería ser. Cuando te empezás a abrir a lo afectivo, te sorprendes. Todos me dieron ese amor, pero César fue el orgasmo.

Eso rememora Patricio desde su casa en Devoto, donde comenzó a dar clases de magia particulares una vez que lo “invitaron a irse” del penal. A partir de ese momento, todos los miércoles y domingos empezó a ir como visita de César. Se sometía a requisa, le llevaba comida y debatían fragmentos de libros. César a muchos de esos encuentros llegaba desfigurado. Le seguían pegando y, si bien la magia ya era parte del pasado, César sorprendería a su maestro –y a muchos otros dentro del penal- con un gran truco: se transformaría a sí mismo. Se convertiría en Camilo Blajaquis. Un poeta.

Hasta que esa madrugada llegue, me voy a refugiar adentro de un termo con la esperanza de un condenado a cadena perpetua y la conciencia de la nariz de un sicario.
A lo lejos, ya se escucha la marcha del orgullo berretín y tan sólo a 9000 kilómetros el grito de auxilio de las sirenas vigilantes.

Camilo Blajaquis
(Octubre 2008, Devoto)

**

La historia de César continúa con traslados, libros, golpizas y más golpizas. No se entiende bien cuántas veces lo trasladaron de un penal a otro. Es confuso. Ni su madre, ni sus amigos lo pueden enumerar con claridad. Lo que si recuerdan es que después del Belgrano, lo trasladaron al Instituto de Máxima Seguridad Luis Agote en Palermo, donde había alrededor de treinta jóvenes de más de 17 años y casos muy complicados. César era uno de los complicados y violentos. Ya hacía tres años que estaba preso.

Lo volvieron a trasladar en la navidad del 2008, pero como César ya tenía 19 terminó en el módulo 4 de Ezeiza. Esto sucedió porque los menores en el país, al cumplir los 18 años, dejan de estar alojados en institutos de menores, para pasar a complejos de jóvenes adultos. Según la Procuración Penitenciaria de la Nación, se calcula que hay alrededor de 600 jóvenes detenidos en dichos complejos. La mayoría suelen ser pobres y están presos por robo. El trato que se les brinda en cautiverio es bastante militarizado: encierros en celdas de dos por dos, golpizas, fracturas y hasta inyecciones si tienen “brotes sicóticos”.
El traslado a Ezeiza fue el peor de su historia, le rompieron más libros que nunca, tenía mucha restricción en sus visitas -sólo Nazarena, su madre,  podía ir- y estaba mucho más lejos de su barrio: Carlos Gardel en Morón, al oeste de la provincia de Buenos Aires.
Luego lo llevaron a la Residencia Sánchez Picado, en Devoto, de puertas abiertas. Aunque a César lo tenían encerrado. En una de sus primeras salidas transitorias, en diciembre de 2009, se descontroló. Tiró tiros al aire y se puso en duda su libertad. Recién al mes siguiente, ya con una resaca que lo había hecho reflexionar, quedó en libertad condicional.

**

Yo tengo hijos hinchas de Racing, sino los entrego a la minoridad.

Risas.

Nazarena es una mujer muy jovial. Tiene siete hijos, todos, por suerte, hinchas de Racing. Es flaca, rubia producto de la tintura y tiene tatuajes en los brazos. Es graciosa. Muy canchera. Fuma bastante. Lo tuvo a César cuando tenía 16 años, a Leonardo con 17, al que le sigue con 18 y al otro con 21. Dice que se crió conjuntamente con ellos. Iban todos juntos a la cancha. Conoció al padre de César cuando ella tenía 14 y él 25. El hombre casi no tiene relación con César.

— Yo creo que el problema de Cesar empezó cuando quería tener lo que tenían todos: el conjunto Addidas, la última zapatilla. Aunque sea un peso en el bolsillo, que yo no se lo podía dar.

Eso opina Nazarena, que no es la misma que antes. Al poco tiempo de nacer César, cayó presa y los niños iban a visitarla. Sabe que cometió errores, pero también sabe que fue madurando.

El me venía a visitar. Siempre me decía: “vos sabes que fumar te mata, te vas a morir. Lo vi en una propaganda”. Hoy me dice lo mismo, pero es otro el discurso, que la tabacalera, que el empresario, que esto y lo otro.

Cuando ella dijo esto, César no estaba en la casa. Acababa de salir con la moto y su novia, Nadia, con una panza de ocho meses de embarazo. Nazarena continuó fumando y siguió recordando la adolescencia de su hijo mayor.

—Nunca estuve a favor de lo que hizo César. Fueron tiempos terribles. Cuando un chico se mete en la droga, se pone violento. Te dicen que no lo van a hacer más y al rato lo hacen de nuevo. Él cayó primero con 14 años y salió, a los meses, profesionalizado; salió peor. Hablando de una forma que ni acá se hablaba.

Nazarena está en su nueva casa de Carlos Gardel, un barrio donde “villa” se convirtió en mala palabra. La calidad de vida de sus vecinos, gracias a los planes nacionales y municipales de urbanización, mejoró a pasos agigantados y ya no dejan que nadie los llame así.  Desde ahí habla la mamá de César, mientras su hijo no está.

—A él no lo recuperó ni la cárcel, ni el servicio penitenciario, ni los psicólogos, ni los psiquíatras o asistentes sociales; lo rescató Pato. Hoy por hoy, doy gracias que haya caído preso, si no nunca lo hubiera conocido. Pienso eso, aunque César se enoje.


**
A los pocos meses de estar en libertad –salió en enero de 2010-  César se transformó en una figura mediática. Salió en programas de televisión y de radio. Casi todos los diarios nacionales publicaron su historia. De a poco se fue convirtiendo en un personaje público. Explicaba que su pseudónimo era en honor al líder revolucionario cubano, Camilo Cienfuegos y al peronista Domingo Blajaquis. Explicaba su paso por la cárcel. Pero, sobre todo, explicaba que el mundo de la villa era un mundo excluido y que él quería ayudar a cambiar algo de eso.
El tema es que ya no se sentía cómodo en su barrio. No andaba mucho por sus calles. Hasta que un día decidió enfrentarse a los que antes eran sus amigos y mostrarles una edición de la revista ¿Todo Piola? que nació mientras él estaba en cautiverio y suele tener relatos de chicos detenidos o en situación conflictiva con la ley.

—Buena guacho –dijo uno.

Ese chico estaba en el medio de la Gardel y lo decía mientras tiraba tiros al aire. Al rato se le acercó César. No sabía cómo iban a reaccionar frente a lo que les quería mostrar. Sacó dos revistas y se las dio.

—Por favor no las rompan.

 Y no las rompieron, o por lo menos la mayoría no las rompió. Salvo uno.

—Vo pedazo de gato, que yo ando re robando, vos sos un gil –le dijo a César.

Con ese chico no se hablaron más. El resto se la puso a leer y muchos ahora escriben para ¿Todo Piola?

En los años posteriores, su tarea comunitaria e intelectual no paró un segundo. Un día en la vida de él equivalía a un mes entero en la vida de cualquiera. Continuó con la publicación de la revista; editó los libros La venganza del cordero atado (2010) y Crónica de una libertad condicional (2011); comenzó a coordinar un taller de literatura para jóvenes del barrio Carlos Gardel y ahora conduce “Alegría y dignidad” por Canal Encuentro, un programa que relata historias de vida como la de él.
— No soy el estereotipo del pibe chorro recuperado. Ni el malo que ahora es bueno. Si no que soy un pibe que escribe y que por eso sigo escribiendo. No me considero un ejemplo. Simplemente soy una demostración de que al final se puede y nadie sabe lo que puede el cuerpo. Parecía que mi cuerpo sólo sabía recibir balazos, requisas, drogarse y agachar la cabeza con mi psicólogo y juez. Pero el cuerpo puede otra cosa.

**

Ya pasaron seis años desde aquella noche en que lo llevaron preso. La casa es otra. El bebé, un niño que juega con los autitos en el piso. Leonardo, su hermano, después de un año de estar preso, ya no vive más con ellos. Formó su propia familia. César va por el mismo camino, tiene una beba recién nacida y se está construyendo una casita, a unas cuadras, en el fondo de su abuela. Pero antes de mudarse, un día de semana a la mañana le pasó esto:

César estaba por subirse a la moto en la entrada de su casa y lo rodeó un patrullero. Salieron tres tipos vestidos de civil. Uno bastante violento. Su mamá escuchó ruidos y salió a ver qué pasaba en su jardín.

Acá los villeros no tienen derecho. Si tienen derechos, es de la puerta para adentro. En la calle mandamos nosotros -les dijo el violento. Los otros parecían estar incómodos.
Antes que nada te tenés que identificar como policía. En mi casa nadie roba, nadie vende droga, ni nada, así que no entiendo qué hacés acá -dijo Nazarena un poco alterada.
Te callas porque llamo a los móviles -le contestó el policía y el diálogo entre ambos siguió así:

Por mí, llama a quien se te de la gana. ¿Con qué fundamento los vas a llamar?
Porque vos me estás gritando. 
Llevame, pero me vas a tener que pegar un tiro en la boca para que me calle. Te hago una contra denuncia en la DDI, en programas de televisión, en todos lados, no estamos cometiendo ningún delito.
Ustedes derechos no tienen ninguno porque son unos villeros.

Hasta que César intervino con un hablar pausado:

No. Estás equivocado, los tiempos cambiaron y derechos tenemos todos. Llamá a mi trabajo si querés.

Y se fueron. La madre se metió adentro de su casa y César se subió a su moto. 
Para César, ese día fue un día como cualquiera. 

*Nota de la autora: César obtuvo la libertad definitiva en abril de 2012, un par de meses después de haber escrito su crónica.

VERSION PUBLICADA EN LA REVISTA CODIGO TOPO DEL DIARIO MEXICANO EL EXCELSIOR:



read more "El poeta de lo marginal"


Cerca del cruce de Camarones y Segurola, en el barrio de Floresta, vive Martín Palermo. Hace años que vive ahí. Reposa sobre un soporte hecho a medida, con algunas cintas scotch que enmiendan sus heridas y un color que va perdiendo a medida que le pega el sol. Es una gigantografía de cartón “a tamaño real”, según dicen, y no vive solo.
Tiene cinco mujeres que lo aman y que son bien diferentes a las típicas groupies. Dora, Nélida, Lucia, Rosa y Caila Cuello son hermanas y tres de ellas viven en esa casa desde que nacieron. Ahora rondan los setenta años y son negras, siempre lo fueron.
Son como cinco “mamá Coras”. Negras viejas con pecas más negras que denotan su edad. Pelo gris con textura de virulana y algunas canas blancas, varias. Son gritonas, graciosas y compinches.
Son socias vitalicias de Boca y todos los domingos que “boquita” juega de local, ahí están, en la platea. Se saben todos los cantos y les encanta ir. Aunque viven situaciones como estas:

Una chica le golpea la espalda a Nélida, la mayor, en la platea de la bombonera.
—Señora, señora.
—Si, decime nena.
— ¿Usted es argentina?
—Si.
—No, mentira.
—Si.
—No, no te puedo creer.
—Pero es negra.
—Si, ya se ¿qué querés que te muestre el documento?
—No, no. Yo soy hincha de boca. ¿Vos de qué cuadro sos?
— ¿Y a vos qué te parece? ¿De qué cuadro voy a ser? ¿Huracán?

**

— ¿Me puedo sacar una foto con usted?
—No.


**

Ahí va la hermana de Tchami. Ahí va la hermana de Tchami. Ahí va la hermana de Tchami.
El que insistía era el periodista deportivo Marcelo Araujo. Quería hacerles una nota porque decía que eran hermanas de Marie Alphonse Tchami, un africano de Camerún que fue delantero de boca desde 1995 a1997.
Mirá como era de pesado que un jugador de Boca y los mismos compañeros del canal nos decían que nos estaba boludeando. Pasaba su propia familia y no le decía nada. Hace más de treinta años que vamos en grupo a la cancha y nos sigue pasando lo mismo, nos confunden con familiares de cada jugador negro de turno.

**

Ellas viven dentro de los parámetros comunes de señoras jubiladas de clase media baja. Pero hay algo que les molesta y hace tiempo que les molesta: que no les crean que son argentinas. La mayoría de la gente que las cruzan por la calle, les preguntan de qué país son.

Me tienen hasta acá. Cuando íbamos a veranear. Nos preguntaban a cada rato ¿Y de dónde son? ¿Y de dónde son? Dejame de jorobar, dice Nélida Cuello, la que más se encarga de las tareas de la casa.

El legado negro de las hermanas Cuello viene de varias generaciones atrás. Sus padres, María Ester Nadal y Marcelino Cuello se conocieron en un conventillo en el centro de Buenos Aires, lleno de inmigrantes pobres europeos. Con dos hijas ya nacidas se mudaron a una casa tipo “chorizo” de Floresta, allí tuvieron más hijos: cuatro mujeres más y un varón. Su juventud fue muy “feliz”. Pasaron carnavales, reuniones, el asfalto de la calle y más reuniones.
Con lo años, una se murió, el único hombre también se murió, tres de ellas nunca se casaron y otra quedó viuda. Tres viven juntas con Martín Palermo, la casada a una cuadras y la otra en la casa de al lado.

Su primer primo fue Carlos Pita, hijo de Olga Nadal (la hermana de su mamá) y Justo Pita. Fue el más mimado, había bastante diferencia de edad, así que lo trataban como un hijo. Toda esa cantidad de mimos no evitó que fuera un poco, por no decir bastante, rebelde. Hippie, pelo mota y largo con peinado afro a lo Jimi Hendrix, pantalones pata de elefante, frustrada estrella de Rock. Llegó a ser telonero de Gloria Gaynor. Era simpatizante de las panteras negras (organización política afroamericana fundada en Estados unidos en 1966), de Malcolm X, Frantz Fanon y Otis Redding. Durante la dictadura debió sufrir detenciones por su aspecto. Pero sobrevivió. Se casó con una mujer blanca, formó una familia y tuvo dos hijos.

¿Te discriminan por ser negro?
Me molesta cuando me preguntan eso. A todos nos discriminan por algo: por ser gordos, petisos, discapacitados.


**

Silencio.

Cuando Carlos Pita entra a un bar, hay un instante de silencio.

Carlos entra a un bar. Acto seguido, un instante de silencio como si entrase un fantasma, un marciano o un famoso. Luego los comensales se recomponen, vuelven los ojos a sus platos y siguen comiendo. Detrás de ellos, un hombre se rasca la rodilla.

¿Le pica?

Carlos, un hombre muy avasallante, le pregunta si le pica.

No, no le pica. Rascarse la rodilla y tocarse el anillo de oro son viejas supersticiones racistas. Ver a un negro y hacer esos gestos atrae a la buena suerte, explican los que comenten ese acto discriminatorio.

A Dora, la más joven de las Cuello, le suele pasar lo mismo. Una vez pasó una embarazada delante de ella y se rascó la rodilla. Ella, también avasallante, le dijo que cuando le nazca el bebé, iba a salir tan negro como ella. La mujer se asustó y se fue corriendo.

—Hay un porcentaje de gente que lo hace por ser ignorante, pero otro que es por ser pelotudo. Siempre me di cuenta que mi viejo es llamativo porque es distinto. Yo lo vivía –vivo– como un gesto de distinción, fuimos criados así. Mi abuela decía que veníamos de reyes africanos. De dónde lo sacó, no se. Pero estaba totalmente convencida. No hay datos que yo tenga, pero ella tenía esa actitud, que éramos la nobleza negra.

Carlos Pita tuvo un hijo, Federico, y es quien explicó lo de la nobleza negra desde un bar en Cabildo y Juramento, en el barrio de Belgrano. Federico no es lo que se suele decir negro, negro. Es una mezcla entre un padre negro “como la Coca Cola” y una madre blanca. Es morrudo, tiene un look hiphopero y es muy macanudo. También es el primer primo segundo de Dora, Nélida, Lucia, Rosa y Caila Cuello. Pero por la diferencia de edad, él les dice tías y ellas, sobrino. También fue muy mimado. Aunque eso tampoco evitó que sea un poco revolucionario: se le dio por militar por los derechos de los afrodescendientes. Se dedica a buscar negros, conocer sus raíces. Explica que en Argentina hay dos millones de afrodescendientes, según un censo piloto de 2006, que fue hecho en las localidades de Santa Fe, Ciudad de Buenos Aires y parte del Conurbano Bonaerense. Esto quiere decir que el 5 por ciento de los argentinos tenemos raíces africanas.

Los tatara, tatara, tatara abuelos de Federico; tatara tatara de Carlos y tatara de Dora, Nélida, Lucia, Rosa y Caila llegaron a América en barcos como esclavos. A estas familias, al llegar al Río de la Plata, les quitaron sus apellidos de origen y les pusieron los de sus respectivos dueños. Por lo cual, la búsqueda del rastro de sus orígenes a Federico se le hace casi imposible. Le queda preguntarle a sus tías boquenses y confiar en el boca en boca ya que, según él, ni los libros dicen la verdad.

**

Sobrinos y más sobrinos. Pero nunca hijos. Ninguna de las hermanas Cuello tuvo hijos. Dicen que porque “la vida no se dio” y porque todas se fueron quedando sin útero al ser operadas de fibromas.

—Nos dijeron que era algo hereditario y nos fueron operando. Nos fueron vaciando.

Eso explica Nélida Cuello, que pasó un mes internada en el Hospital Fernández esperando a que la operen. El médico estaba convencido de que estaba embaraza y de que le estaba mintiendo en la cara. Una mentira bastante extraña porque ella ya pasaba los 50 años. Al final, la mentira nunca fue verdad y la operó.

Ninguna de ellas estudió en el colegio secundario. Todas terminaron trabajando en fábricas: de juguetes, cigarrillos, calzado, costura, plásticos y algo relacionado a lo metalúrgico. Ahora están jubiladas y sus tardes se llenan con burako, ir al club, al médico, al casino y a la cancha. Tres de ellas hace más de cuarenta años que no dejan pasar ninguna fecha de local sin ir a la bombonera.

—Antes íbamos en colectivo, pero ahora volvemos en remis, por la inseguridad más que nada.

Eso dice Nélida desde su casa en Camarones, es que es su única salida. Nunca le gustó mucho salir. Siempre fue tranquila y dice ser la más tranquila de todas. No discute, es la que hace el almuerzo, la cena y la que se queda todos los días adentro de esa casa de Floresta, desde hace 78 años. Ella hace arreglos de costura y cuida a la nena de los vecinos de enfrente. No ve casi nada de tele, no le gusta Tinelli. Tampoco se casó, una vez salió con un chico, pero nunca nada.

Caia, una de las hermanas del medio tenía un novio. Poco se sabía de la familia de él, pero se pasaba todos los días en la casa de las Cuello. El día del casamiento el hombre no apareció y nunca se supo más nada. Explica Nélida:

— Parece que tenía otra familia. Por suerte los saladitos y el resto de la comida eran de una panadería amiga y no se perdió. Pero esas cosas te marcan.

Y así fue, la marcaron para siempre. Nélida nunca se casó. Pero Caia si, después se casó con otro hombre y quedó viuda. Vive en la casa de al lado. La única etapa que Nélida recuerda con más salidas era la de su adolescencia, cuando iban a Casa Suiza, un salón donde las familias afroporteñas se reunían durante el carnaval. El club tenía dos pisos: arriba se escuchaba jazz y tango. Ahí iban las Cuello con su madre, que se quedaba en la galería para darles el gesto. Podía decir sí o no. Ella era la encargada de permitirle a sus hijas con quién bailar. Era una mujer estricta.
Al piso de abajo, nunca fueron. María Ester no las dejaba. Es que abajo estaba el roce, el candombe, los tambores, el baile caliente.
Igual, a ellas les encantaba ir, hasta que cerraron el  club porque murieron sus dueños. Intentaron armar otros más cerca de su barrio, pero no prosperaron.

**

 —Nuestro padre era radical, pero cuando asumió el peronismo, se hizo peronista porque empezamos a vivir mejor, explica Nélida.

Las Cuello se interesan por la lucha de sus derechos, pero nunca militaron, aunque se autodenominan “peronistas hasta la maceta”. Su padre influenció mucho en su tendencia política ya que cuando Perón asumió su primera presidencia en 1946, pudieron tener sus primeras vacaciones.
Marcelino Cuello era recolector de basura y su mujer se dedicaba a lavar la ropa en las casas. Iba y fregaba la ropa de otros. Tenían un tío lejano que era portero del Congreso, gracias a una ley que favorecía a las personas de color para estar en esos puestos. Su único hermano varón llegó a ser de los que piden las entradas en la puerta del club Boca Juniors y son parientes del cantante Fidel Nadal y del guitarrista de Charly García, “el negro” Carlos García López.

Sin embargo, una frase se repite: no hay negros en Argentina. Lo dijeron diarios, ex presidentes y es una especie de fantasma que recorre el imaginario colectivo del argentino.

  Somos una familia grande. Somos una familia común ¿Qué tenemos nosotros? Somos iguales que ellos. De diferente color, pero iguales.

Eso aclara una de las Cuellos en su casa “chorizo” de Floresta, con un Martín Palermo que las observa desde el fondo.



Texto inédito
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Y los tipos viven así: sin celular, sin televisor, sin heladera, sin ventilador de techo. Sin nada de eso. Los tipos viven sobre islas flotantes. Islas que no son naturales, fueron armadas por ellos hace bastantes, pero bastantes civilizaciones atrás. Cuando escapaban de los aymarás, a principios del siglo XIX, no se les ocurrió mejor idea que refugiarse en lo profundo del lago Titicaca -el espejo de agua más grande y hermoso de Latinoamérica- con ramas de totoras. Gracias a este junco, armaron los islotes, que están atados en lo profundo a tierra firme y que -gracias a los gases generados por su descomposición- flotan; aunque la leyenda dice que son los dioses los que lo hacen posible.
La totora es el elemento principal de su civilización. Todo lo hacen con totora: sus casas, sus camas, sus embarcaciones, sus islas.  En cada isla hay una especie de jefe que es el encargado de la economía. Hace tiempo que su insumo principal pasó a ser el turismo y aquí es donde entramos nosotros: los que en general tenemos Internet, celular y televisor. Sólo necesitamos pagar un pasaje en lancha para que nos lleven de excursión a estos islotes. Las embarcaciones parten desde Puno (ciudad al sur de Perú, a seis horas de Cusco, el ombligo del mundo) hasta las “Islas de los Uros”.
A menos de media hora de travesía, llegamos. En el camino escuchamos música del altiplano peruano y nos enseñaron a saludarlos en su lengua. Al llegar, como llovía, nos metimos en una de las chozas y -al estilo MDQ- nos hicieron probar la totora, que tiene un gusto parecido a un palmito y nos explicaron cosas como estas: que los uros tienen un hospital y una escuela sobre islas; que cuando se pelean se construyen otra isla y se separan; que viven descalzos; y que viven de la caza y la pesca.
Después de la charla, fuimos a otra choza donde nos ofrecieron cosas que ellos hacen, como unos tapices hermosos, realizados por las mujeres de las islas que se dedican a tejer, y adornos de totora con forma de balsas, cóndores, soles y peces (figuras a las que les rinden culto). Después nos llevaron a otra isla, donde nos ofrecieron una taza de chocolate y té de coca bien caliente. Algunos turistas, como nosotros, nos volvimos en la lancha y otros se quedaron a pasar la noche (como me arrepiento de no habernos quedado, pero es que ya teníamos el pasaje de micro que nos llevaba a Cusco y de ahí a Aguas Calientes: nuestro destino principal era Machu Picchu).
Pero volviendo a los Uros, el guía nos dijo que ellos son una de las últimas generaciones de esta cultura. El año pasado (2011) quedaban sólo 2000 uros ya que muchos fueron emigrando a tierra que no flota sobre totoras: tierra firme. Las malas lenguas dicen que es un armado turístico y que en realidad, después de que se van los visitantes, ellos se van a dormir a sus departamentos en la ciudad. No lo sé. Lo que sí sé es que es una experiencia única que te hace pensar en que se puede vivir igual sin celular, sin Internet y sin televisor.

Relato inédito
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¡No! dijo con una “o” que sonó como muchas-  Por favor, tenés que girar la perilla para el otro lado. Podés electrocutar a la clienta.
— Por favor, sacame esto que me da mucho miedo.
— Si, mi vida, quedate tranquila. No pasa nada.

La escena que desencadenó ese diálogo era algo así: tres camillas, separadas por cortinas verdes y azules, con tres mujeres boca abajo en bombacha y corpiño con electrodos en sus nalgas. Esos culos vibraban. Esas colas se movían producto de seis dispositivos eléctricos colocados con pinzas envueltas en paños mojados sobre la piel. Las empleadas de un centro de estética, al oeste del conurbano, son las encargadas de colocarlos y, una vez cumplida la pasada, que suele ser de veinte minutos, sacarlos. Lo que pasa es que, a veces, el ajetreo de las camillas, los aparatos, las mujeres que se quejan, las órdenes de la jefa, hace que se olviden de esa última parte.

—Ella es nueva. Y le tengo que repetir veinte veces las cosas.

La dueña explica el error de su empleada que casi gira la perilla para el máximo en vez del para el “off”. Por lo bajo, otra empleada le cuenta en voz baja a otra clienta que hace unos días le hizo ver las estrellas a una paciente porque se equivocó con el sentido de la rosca. Y también le cuenta que una vez, una de las pacientes terminó ella misma quitándose los electrodos porque ya había pasado su turno y ninguna de las encargadas se los quitaba.
Parece que suele pasar. Los accidentes con electrodos en el culo suelen pasar.


**

Gordas, flacas, viejas, pendejas, docentes, divorciadas. Todas quieren una cola firme.

Y si haces spinning es mejor. Y si te pones esta crema es mejor. Ah sabes que si tomas jugo de zanahoria te agarras un color super bronceado y la cola, además de firme y parada, te queda como si hubieras tomado sol.

Esos eran los tópicos de las conversaciones, que se entremezclaban con cuestiones personales: que el cuerpo, que el marido, que los hijos, que no le pasa plata, que le metió los cuernos, que ella nunca trabajó y que no sabe que hacer; pero por lo pronto se hace electrodos.

— ¿Qué hago en este lugar? No soy vedette, no soy una enferma de la estética, no me gustan las conversaciones de este lugar, me siento una superficial, no vengo más.

Los pensamientos de Mara, una periodista de veintipocos, casi la hacen abandonar el tratamiento. Pero ya lo había pagado. Había sacado la promo por una página de Internet que brinda ofertas que se cumplen si equis cantidad de personas las compran. Más de ochenta la compraron y ella estaba dentro de ese número. Una amiga, más entendida en el tema, le había pasado el dato:     

—Vas a ver que te saca la celulitis.

La celulitis. El archienemigo de cualquier mujer: seas progre, seas de derecha, seas pobre, seas rica. Nadie quiere tener celulitis. Esa palabra bastó para que Mara diga “compro”.

**

Al martes siguiente volvió a ir. Se llevó un libro para no quedar tan superficial.

— ¿Qué estás leyendo? -le pregunta la empleada mientras le pasa un aparato por la cola que se llama ultracavitación, que dicen que quema las grasas profundas. Profundas.
—Un libro de crónicas de La Salada –le contesta tirada en la camilla.
—Ah.

Al martes siguiente volvió a ir. Se llevó otro libro.

— ¿Qué estás leyendo? le pregunta otra empleada mientras le pasa un aparato por una pierna que se llama radiofrecuencia, que tiene una especie de luz naranja que no se sabe bien qué hace, pero aporta al mismo objetivo: combatir al enemigo.
—Un libro de poemas de un chico que estuvo preso y ahora es poeta
—Ah.

Al martes siguiente volvió a ir. Estaba cansada, no quería leer.

— ¿Y vos a qué te dedicás? le pregunta la misma empleada que la última vez, mientras le hace lo mismo que la vez pasada.
—Soy periodista.
— ¡Qué lindo! Mi profesión frustrada.
— ¿En serio?
— Si, empecé a estudiar en tal escuela de periodismo y dejé.
— Ah, mirá vos. Tal escuela la dirigió mi editor ¿conocés a fulano?
— Si lo conozco. El me insistió para que no dejara. Igual después dejé y empecé derecho en la Universidad. Al principio me daba miedo el edificio, pero después pude entrar.

Le daba miedo el edificio. A Mónica le daba miedo el edificio. Ni bien la conoció, Mara pensó que era doctora o esteticista o algo así. Es que Mónica es una chica de cuarentipocos con ambo, seria, bastante callada y muy profesional en sus movimientos. Pero resultó ser la hija de la dueña, que empezó a estudiar periodismo, derecho, educación física y dejó. Finalmente hizo un curso de estética. Lo terminó. Pero se casó y dejó todo. Empezó, después, a tener problemas con los huesos, con su marido alcohólico, con la plata, con los hijos, con la madre.
Mara, ese día, comenzó a tener la cola más parada, pero también empezó a ayudar a Mónica. Cada martes que iba, la aconsejaba para con su marido, retomar los estudios y hacerse valer por si misma. Hasta llegó a regalarle un libro sobre feminismo.

Tal vez ir a culolandia seguía siendo superficial, pero no tanto como ella creía.


Publicado en la revista MEHGUSTA
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